lunes, noviembre 28, 2005

Apenas en un silbido

Apuntó el revólver y la frente de su víctima se llenó de terror, la palidez del anuncio de la despedida lo inundó y un súbito silencio insondable se posó en la mente del verdugo. La tarde se iba y los niños afuera corrían detrás de las pelotas o encaramados en sus patinetas. Sonaban las máquinas tragamonedas del negocio de la esquina, pero el silencio de su mente era todo lo que él podía sentir.

La madre del infortunado suplicaba para que el final fuera otro. Nada podía detener el destino que había trazado el hijo drogadicto al encalillarse más allá de su capacidad de pago, de la de sus hermanos, de la de sus padres, más allá de cualquier presupuesto de una familia de vagos y madres solteras, con un padre encarcelado y una madre dealer de un traficante de poca monta.

Le reventó la cabeza de un balazo, delante de su madre, en su propia casa. Ese fue el fin de la historia de Eduardo; el fin de su adicción, de sus promesas de pago, de su propio negocio de venta de droga. Un balazo que dejó en el suelo sus sueños, entre la sangre y su propio cuerpo desvanecido apenas en un silbido.

jueves, noviembre 17, 2005

Oscar Castro: el poeta narrador de Rancagua

En su corta vida, Oscar Castro (1910-1947) alcanzó a construir un sendero literario sólido e intenso. Rancagua fue su ciudad y el lugar en que la inspiración del poeta hizo que de las letras surgieran olores a provincia, escudriñando en la existencia campesina popular. De esta manera, el poeta tiene un afán entrañable de transmitir las costumbres y pasiones de la gente del campo, a la vez que funda una obra que trasciende la mera descripción de paisajes y lenguaje popular.

En el trabajo de Oscar Castro existe una profunda sensibilidad social. Esto se observa con gran claridad en "La Vida Simplemente", novela en la que describe una realidad cruda en la que desfilan tipos humanos propios de un submundo que diariamente coexiste en las grandes urbes, entregándonos una narración limpia y sentida.

Asimismo, la mirada poética es un rasgo que cruza la obra de Castro. Más allá de la propia poesía, en la que podemos encontrar tributos a García Lorca o a Góngora, es esa sensibilidad entrañable la que le da un brillo especial a su inapelable habilidad narrativa. Así, "Comarca del Jazmín" sirve para ejemplificar esa vocación poética de la narración de Oscar Castro. En este libro la prosa tiene un sentimiento lírico notable: el poeta se confunde en la mirada de ese niño que descubre un mundo que es nuevo para él.

A su vez, textos poéticos de Oscar Castro fueron musicalizados. Veamos uno de los más conocidos:

Oración para que no me olvides

Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre
para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón, que por ti sueña,
para que no me olvides.

Y al contemplar llorando las estrellas
se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
para que no me olvides.

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
para que no me olvides.

Y si una tarde en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo,
para que no me olvides.

En Rancagua, Oscar Castro fundó el movimiento literario "Los Inútiles", nombre que dista absolutamente de lo que ha significado su obra, cuyo valor literario nadie discute. Fue autor de "Camino en el Alba" (poemas, 1938), "Huellas en la Tierra" (cuentos, 1940), "Las Alas del Fénix" (romances sobre Rancagua, 1943), "Comarca del Jazmín" (novela, 1945), "Llampo de Sangre" (novela póstuma, 1950) y "La Vida Simplemente" (novela póstuma, 1951), entre otros.

miércoles, noviembre 09, 2005

El trapecista

Lo vi pasar mientras se abría el portón del condominio. Más allá quedó en el suelo. Agotado de tanta mañana equivalente. Ahí quedó, botado boca arriba, soñando consigo mismo. El portero llamó a la ambulancia y lo acompañó aunque descuidara sus funciones de esa mañana, equivalente a otras para él también. Lo miré de cerca, como si eso sirviera para algo. La mañana era equivalente para todos nosotros. Me fui al computador porque tenía pega atrasada. El trapecista de Congreso era el tema de fondo, emanado desde mi oficina, descendiendo como todos los días por las escaleras hasta rozar con la puerta de calle, para devolverse nuevamente a mi oficina que es un trapecio también.

viernes, noviembre 04, 2005

El violinista

Subí a ese micro a pesar de que no me servía mucho. En fin, mejor acercarme lo más posible a mi casa para salir luego de este sector. Así no más fue. Rápido y silencioso, sentado con la vista fija en ninguna parte, pensando en nada hasta que sentí nuevamente el mismo desvencijado acorde de un violín fatigado de tanta lucha callejera.

Me había librado antes de la perturbadora oscilación musical impuesta por notas medio inventadas y desabridas del violinista. Tenía mala suerte este tipo. Yo lo había visto antes y sabía que a cada bus que se subía acarreaba una cierta fatalidad. Claro que lo sabía. Bajo sus acordes habíamos chocado una vez en pleno centro. Pero yo no me iba a bajar en ese sector, sería mayor fatalidad aquella acción. Sobre todo de noche. Mejor seguía absorto en lo mismo de antes de escuchar los errabundos acordes, es decir, en nada, con la vista perdida y deseando en mi fuero más interno que el bus se apurara.

Sonaron las monedas. El chofer no se detuvo. Sonaron las monedas contra el suelo, sonaron más fuerte que la caída, que el violín destrozado, que la música adolorida, que el último desaliñado grito del viejo violín en el húmedo pavimento de la noche.