sábado, mayo 19, 2007

Por culpa del metro

El metro frenó y yo que no me di cuenta no pude afirmarme de nada ni de nadie, así que sentí como mi cabeza se estiraba en una contorsión que seguramente me iba a costar más de una molestia. Llegué a la oficina y no pude siquiera sentarme, así que a la enfermería. Pastillas para el dolor y antiinflamatorios. Le dije a la enfermera si me iba a dar sueño con las pastillas y me dijo que no. Como que fui adivino porque andaba muerto de sueño y más encima tenía que ir a un curso de capacitación. Dolor y sueño. Hambre también porque no alcancé a almorzar. Y todo por culpa del frenazo del metro.

Está cochino el metro y hediondo, falta que aparezcan rayados los carros y ya estamos en otra dimensión. Pucha que me dolía el cuello. Y después me llamó la enfermera y me preguntó si estaba bien, si quería más pastillas. Ya se me había pasado la cuestión del dolor, más o menos, pero no quería ir de nuevo a la enfermería porque me querían mandar a la mutual, pues yo no sabía lo peligroso que podía llegar a ser el efecto latigazo, según ella. Me asustó un poco la enfermera y me volvió el dolor. Casi le pedí más pastillas y con eso me hubiera condenado a ir a la mutual y a ponerme un cuello de ortesis o algo así, no me acuerdo cómo se llama.

Después me sometí a los cuidados de mi mujer y me hizo una friega con un ungüento medio misterioso que mi papá trajo de la selva amazónica. Y pude dormir tranquilo. Y me llamó otra vez la enfermera para hacerme seguimiento y como por brujería me volvía el dolor en el cuello y le volvía a decir que ya no tenía dolor. Por lo menos ya no era tan agudo. Menos mal que luego de otra sesión de masaje con el ungüento misterioso se me pasó el dolor. Y todo por culpa del metro.