martes, agosto 22, 2006

Yo te premio porque quiero hacerlo y punto

A propósito de premios nacionales y otros premios menores, becas, puestos de confianza y un largo etcétera, que incluye una anticensura para un antipoeta, tal vez sería mejor que fuéramos más sinceros y diéramos nuestro veredicto fundamentado en lo que realmente queremos decir: “Te doy el premio porque quiero hacerlo y punto”.

Para que seguir con patillas, como dijo el ex presidente Aylwin. Bueno o malo cada escritor tiene su obra, cada profesional tiene su carrera y así sucesivamente. El hecho es quién pesa más, quién trasciende más, quién aporta más, quién dice algo más allá de lo que ya está dicho.

De los candidatos, todos narradores según el turno (algo absurdo de principio a fin), salió elegido alguien que sin duda tiene carrera literaria, pero también tiene carrera periodística y tal vez a nadie le habría parecido extraño que hubiera sido premiado en periodismo en lugar de literatura. Pero por qué le dieron éste. Se lo dieron y punto. Qué más pueden decir, ¿pueden apelar a que su obra es mejor o más contundente que la de German Marín o incluso que la de Diamela Eltit?

Sin duda José Miguel Varas tiene merecimientos, hizo historia, con valor y dedicación. Hizo historia. ¿Ha hecho literatura? Sí, tiene su obra, la tiene, qué duda cabe. ¿Premio Nacional?

¿Por qué no se lo dieron en su momento a María Luisa Bombal? Seguramente le faltaba peso, porque no tenía muchos libros. Aunque siguiendo esa lógica, podríamos pensar que el próximo narrador que tuviera derecho al premio sería Lafourcade, pues tiene un montón de libros y todos juntos deben pesar un par de kilos. Vaya peso de obra que debe tener.

Se lo dieron a José Miguel Varas y punto. Fírmese y archívese.

sábado, agosto 19, 2006

Enterradlos con o sin honores, pero aseguraos de que el suelo no sea fértil. No vaya a ser cosa que ellos broten nuevamente

¿Quién mato a Juan Pérez o John Smith? Todos lo sabemos. De a poco se han descubierto las pistas, que estaban ahí, a vista y paciencia de todos.

¿Se puede tapar el sol con una mano? No, pero se intentó mucho tiempo, incluso se llegó a una especie de eclipse consensuado, en que el sol no aparecía claramente y la luz de la verdad estaba oculta bajo un manto lábil pero permanente, afirmado en falacias evidentes.

Hay una pléyade de caballeros que hicieron de las suyas. En todas partes había uno. Se están muriendo. Los años les pasan la cuenta; curiosamente es el tiempo el que se encarga de llevárselos y no la justicia.

Bueno, por algo la justicia es ciega, aunque sólo con algunos, porque se ha encargado de unos pocos caballeritos sin mucho peso específico; salvo uno, que está por ahí encerrado desparramando su ira y reclamando su inocencia, a cambio de la verdad acerca del caballero mayor, que está que se va para el otro mundo.

No obstante, la mayoría de estos caballeros mueren en sus casas, tranquilos, viendo la televisión, recordando su gran vida, su inmensa labor por el bien de la sociedad. Así mueren, incólumes.

viernes, agosto 04, 2006

Una carta secreta

Michelle escribió una carta a Néstor. Estaban los dos medio enojados por una cuestión que pasó entre ellos; él tenía problema de gases y ella recibió todo el impacto de los mismos. Entonces Michelle se enojó y tomó el lápiz y les dijo a todos que iba a escribirle algo a Néstor para que viera el tema de los gases porque ella no lo iba a aguantar otra vez.

El se hizo el loco, pero ella volvió a decir que estaba escribiendo algo muy pesado para que la relación fuera más civilizada y respetuosa, pues los amigos no se separan por los problemas con los gases; sin embargo tampoco se puede aguantar que alguien no haga ningún esfuerzo por controlar los gases.

Y Michelle la escribió. Néstor la leyó con la mirada perdida, extraviada. Estaba desparramado en su escritorio cuando la leyó, sintiendo que los gases subían y bajaban.

Luego Néstor la respondió. Y Michelle la leyó, con la mano en la nariz, muy apretada.

miércoles, agosto 02, 2006

¿Qué pasa, Fidel?

La revolución cubana fue un evento que causó expectación en estas latitudes y las miradas de los viejos calamares imperialistas se tornaron acuciosas, sacando cuentas, formulando hipótesis, estableciendo dictaduras para consolidar el equilibrio básico que se requería ante la inminencia del avance izquierdista.
Bueno o malo, Fidel ha superado innumerables contratiempos, desabastecimiento, aislamiento, malos humores. Ha resistido los embates posteriores a la caída del mundo soviético con bastante creatividad y ahí está todavía, después de tantos años, después de tantos años, después de tantos años…
“Lo importante es que en el país todo marcha y marchará perfectamente bien”. El sabe que el fin está a la vuelta de la esquina. La verdad es que el fin lo alcanza a él y a su hermano y todos los veteranos revolucionarios del siglo pasado que forman su círculo más cercano. Hasta aquí todo está en calma. Las noticias de su enfermedad las maneja él mismo, al estilo de Fidel, como todo en la isla...
El viejo comandante Fidel es el último de su especie. El es el último hombre real de su especie; no una caricatura edulcorada y venida a menos como otros personajes que han aparecido en nuestro continente.
El siglo XXI se nos viene fuerte. Fidel, viejo, tranquilo, la isla tiene que seguir su rumbo. Seguramente las hamburguesas irrumpirán junto a las papas fritas y la coca cola, de una forma explícita y no bajo cuerda como ha sido hasta ahora. El turismo será tu fuerte y el paraíso socialista que soñaste será un gran resort donde los hijos de los viejos calamares se divertirán y agradecerán tu partida, tal vez visiten tu tumba o tu casa y se saquen fotos junto a tu recuerdo. Todos serán revolucionarios después de ti…
Así no más es, Fidel. ¿Cuál es el problema de decir qué pasa con tu enfermedad entonces? Si al final los gusanos roerán tu cuerpo y el de toda la isla también.