viernes, septiembre 30, 2005

Víctor Barberis,
el poeta que vino de Talca

Hace mucho tiempo, antes incluso de estudiar literatura en la Universidad de Chile, en una de mis tantas campañas de intruseo doméstico, como decía mi mamá, me encontré una revista que se llamaba “Quilodrán”. Una vieja revista del año 1966, dirigida por Luis Rivano, que mi mamá guardaba entre sus libros y de la que podemos hablar en otro artículo.
Allí, entre sus reseñas literarias, encontré una mención a uno de los libros recibidos por el director, “Poemas”, de Víctor Barberis, y se hacía alusión a que tenía un prólogo de Braulio Arenas (otro gran poeta) y había sido publicado en 1965 (libro póstumo).

Un dato curioso que recuerdo me llamó mucho la atención en ese momento fue que se refería a él, a Romeo Murga y a Alberto Rojas Jiménez, entre otros, como parte de una generación de poetas olvidados. Eso a mí, siendo un adolescente, me motivó muchísimo. Así que emprendí mi propia campaña en la búsqueda de estos poetas. Quiero compartir uno de los poemas de este libro:


Amor

He buscado una fuente de amor, y estoy sediento
Del agua turbia y fresca que nutre las raíces.
Como lana cardada por los dedos del viento
Se arrastran por el cielo las lentas nubes grises.

Amor –fruto maduro- no hay mano que te coja
Sin arañar el tronco ni desgarrar la hoja.

A trébol y a manzana
Huele el viejo jardín de la sabiduría.
La encontraré mañana,
Me digo cada día.

La tierra de mi huerta estará perfumada;
El agua de la noria, limpia y agradecida.
Mas, si te hallara un día, no te diría nada.
Y quedaría enfermo de ti toda mi vida.

Víctor Barberis nació en Talca en 1899 y murió en Santiago en 1963. En Santiago hizo su carrera universitaria y vio como su producción literaria recibía ciertos reconocimientos en el ámbito universitario, tal como el premio obtenido junto a Romeo Murga en la Federación de Estudiantes de Chile en 1923. Además, tuvo la oportunidad de compartir con todos aquellos intelectuales y artistas que deambulaban por el movido ambiente de la capital en la década de 1920.

En el prólogo que Braulio Arenas hace del libro Poemas, señala con mucho acierto que: “Nada han perdido estos poemas con el tiempo transcurrido. Tal vez, sí, a nosotros nos sacuda el cuerpo un breve escalofrío al pensar que ya no está su autor para leerlos en este libro”.

Su poesía tiene una mirada permanente hacia la zona que lo vio nacer, como dice Braulio Arenas, “con cierto tono de beatus ille. (…) Es en tal medio, y en tal época, que la materia poética de Barberis va a expresarse con su máximo esplendor, mirando el paisaje a través de la vida, y mirando la vida a través de su constante paisaje talquino”.

El destino quiso que cuando yo salí del liceo, ingresara a estudiar literatura y que mi tesis de grado tuviera como tema central a otro de los olvidados: Alberto Rojas Jiménez. Así también, mientras estudiaba tuve la suerte de que uno de los buenos amigos en la universidad, me obsequiara el libro “Poemas” de Víctor Barberis, que aún conservo entre los libros de mi biblioteca personal. Así se tejió la historia.

lunes, septiembre 26, 2005

Eliana Navarro:
La flor de la montaña

Voy a hablar de una poeta que admiro mucho, tanto por su inmensa calidad humana como por su obra: Eliana Navarro. Hace un tiempo escribí un post con este tema, pero siempre es bueno mantener vigentes ciertas claves para enriquecer nuestro universo poético.

Ella es una de las grandes poetas vivas que tiene Chile. Es cierto, y ella misma no ostenta ni hace alardes de ser una de las más importantes, ni siquiera se le cruza por la mente. Yo humildemente me atrevo a decirlo y también confieso con gran orgullo que soy su amigo. Pero lejos de ser una admiración mediada por la amistad, es una admiración sincera de su obra. Una poesía que ha estado ahí, silenciosa y poderosamente poética, esperando a ser reconocida en su justa medida.

Alone la descubrió hace más de sesenta años, en 1942. El se refirió a Eliana Navarro en estos términos, a propósito de una carta que una joven Eliana Navarro le había enviado a este importante crítico literario, para presentarle su texto inédito Voces del alba: “En sus versos descubro, como cualidad central, una característica también desconcertante para sus años: la firmeza. Están muy bien hechos, sin caídas prosaicas, sin notas de mal gusto y no sólo se libran, inexplicablemente de esos escollos, sino –lo que todavía es más raro- de Pablo Neruda y de García Lorca”. (Carta fechada 25 de agosto de 1942)

En el año 1996, publicó en Editorial Universitaria un libro cuyo nombre es La flor de la montaña y resume gran parte de su obra hasta ese momento. Veamos el poema que da nombre al libro:

La flor de la montaña

He mirado la flor de la montaña
solitaria crecer en la espesura,
única en el fulgor de su dulzura,
dócil al sol, rebelde a la cizaña.

La sierra de alma bárbara y huraña
al sentirla nacer, se transfigura,
como si en esa frágil estructura
ardiera todo el fuego de su entraña.

La envuelve el viento en lumbre de pureza.
El agua que la besa es más profunda.
Todo se hace más hondo en su belleza.

Nacida desde el sol en alto vuelo,
un hálito de ensueño la circunda:
junto a su cáliz se dietiene el cielo.

Ir a la casa de Eliana Navarro es acudir a un pequeño edén, en el que se respira poesía en todos los rincones. Ella es muy gentil y muy generosa con los aprendices de poetas que buscamos alguna enseñanza y ella es una gran maestra, llena de amor por la poesía y la labor de los poetas. Así queda reflejado en la dedicatoria que hizo a todos los poetas en el libro La flor de la montaña: “Dedico en especial este libro a todos los poetas: esos mágicos seres que hacen vivir las palabras, que re-crean el mundo, que con su dolor, sustentados en el frágil elemento del lenguaje, alcanzan lo inefable, descubren mundos secretos, muestran los abismos del ser, el deslumbramiento de la vida, el misterio de la muerte”.

martes, septiembre 20, 2005

Equinoccio

El sol deambula en su mirada y la noche se hace eco de su sombra, que resuena en el latido de las luces nuevas que avanzan ciertamente. Sin aliento, entretejido en la esperanza de un aroma diferente que conmueva, detrás de la puerta espero, en silencio. Y así, aún entumecido, traduzco aquel rastro que dejó su huella.
(Me permito un nuevo ejercicio a propósito de una imagen del cambio de estación.)

jueves, septiembre 15, 2005

El Encuentro


Madrugada abriéndome al silencio
de ir a ti cuando entre luces se dibujan nuestras formas
invadidas por el inquieto gemido de tus ojos

Entonces
haciendo mío aquel instante
de tu tiempo incansablemente ajeno
en el austero roce de tus labios
y el suave aliento de tu silencio

Así amaneciendo
como irremediable eco de tus manos
en la sombra de tu huerto

(Breve ejercicio poético, sólo un breve ejercicio poético)

lunes, septiembre 12, 2005

El primer
manifiesto AGU

Tal como algunos comentarios al anterior post lo han señalado, salvo por el poema creado por Pablo Neruda “Alberto Rojas Jiménez, viene volando”, lo escrito en las memorias del mismo Neruda o algunos poemas antologados, como Carta-Océano, Alberto Rojas Jiménez no es muy conocido a nivel masivo. No es tan difundido porque su obra está muy dispersa; de hecho no se publicaron libros de poemas de él, ni en vida ni póstumamente. No obstante, hay un buen trabajo compilatorio realizado por Oreste Plath, quien se preocupó de recoger poemas y diferentes textos de Alberto Rojas Jiménez y salió publicado en 1994 por la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile bajo el título “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”.

Este libro recibió muy buenas críticas, porque el trabajo es bien exhaustivo; pero se extraña en dicha entrega una mirada más profunda sobre la obra de Rojas Jiménez, acerca de su posible poética, sobre sus influencias, etc. Algo de eso hay, aunque se entiende que no era el objetivo principal del investigador, más bien había un intento por mostrar la obra a la consideración de un nuevo público, en ese tiempo, del siglo XX; hoy estamos en el siglo XXI y para jugar un poco a olvidar el olvido, quiero compartir algo de la creatividad de este poeta.

El primer manifiesto AGU (Fragmento)

En un principio la emoción fue.

Agú. Lo elemental. La voz alógica.
El primer grito de la carne.
Hoy sólo queda la palabra sobajeada y sobajeada,
Lunar postizo, colorete.

Fuera hilvanes!...
El agua es el agua.
La tierra es la tierra.
El cielo es el cielo.

(…)

Vamos a la emoción desnuda
Sin forma. Sin forma
………………………………..
-¿Se emociona usted en endecasílabos?
…………………………………
¡EL GRITO! ¡EL GRITO! ¡EL GRITO!
Poetas:
A sincerarse. El paso ha sido dado
Agú es la verdad. Lo espontáneo
Agú no necesita aprendizaje. Ni lecturas. Ni erudición.
Agú está.

(Revista Claridad, 1920, firmado por Zaín Guimel y Juan Martín: Alberto Rojas Jiménez y Martín Bunster, respectivamente.)

En este manifiesto se propone una nueva forma de expresión poética. La poesía debe tener el afán de un recién nacido. Pero este llamado no tuvo raíces profundas y fue más un juego de estudiantes que una “tendencia estética”; sin embargo, no debemos desconocer la intención de estar a la vanguardia, ya que este manifiesto AGU tiene su referente más obvio en el dadaísmo (del cual podemos hablar en otro post).

Finalmente, es preciso destacar la importancia atribuida a la “emoción desnuda”. Resulta interesante darse cuenta de que ésta es una de las claves de la poesía de Rojas Jiménez y de su obra en general.

jueves, septiembre 08, 2005

Alberto Rojas Jiménez:
jugando con el olvido

Alberto Rojas Jiménez es el poeta de la noche, uno de los amigos preferidos de Pablo Neruda, los que juntos llegaron a conformar dos caras de una misma moneda. Según Oreste Plath, era un joven mago, amante del buen vino y de las exquisiteces, así como también animador de la fiesta y guía del espectáculo.
He escrito algunos post acerca de Alberto Rojas Jiménez, pero nunca es demasiado. Por lo mismo, vuelvo a caminar por este tema, porque pocos vates tienen ese halo de misterio que rodea a Alberto Rojas Jiménez, un personaje arraigado en lo más profundo de la literatura chilena, quien ni siquiera se preocupó de publicar sus libros de poesía. Lo suyo era la vida del errante, la bohemia y el ocio (sagrado) de la conversación. Por lo mismo, él nunca imaginó la trascendencia que tendría su figura más allá de su muerte.
Fue poeta, narrador, cronista, dibujante, crítico. Sin embargo, sólo el libro “Chilenos en París” -conjunto de ágiles crónicas, resultado de su viaje a Europa- ha trascendido como la única obra impresa del poeta.
Existen poemas sueltos publicados en diversas revistas y antologías, siendo Carta-Océano el más conocido; cuentos que corrieron la misma suerte de su poesía, así como algunos capítulos de dos novelas: Una mujer y Africa. Asimismo, cuando Claridad nacía, en 1920, mostraba el camino de renovación para la poesía a través del “Primer Manifiesto AGU”. Además, sus amigos siempre hablaron de un libro de poemas que nunca llegó a publicarse, “Solnei”.

No hay duda de que su vocación juguetona lo llevó a ir y venir, como un eterno viajero que hizo de su vida una existencia poética. Incluso más de alguien puede llegar a pensar que la dificultad para encontrarse con la poesía o la prosa de Rojas Jiménez forma parte del juego que él mismo quiso legar. No obstante, gracias al afán de investigadores de la talla de Oreste Plath o de poetas como Jorge Teillier conocemos algo de la obra literaria y del anecdotario de este poeta.

Veamos un poema, que es una pequeña joya, tal como dice Volodia Teitelboim:
Pequeñas palabras
Los brazos cruzados,
la pipa entre los dientes,
contempo el fuego del hogar.
A mi lado, dulcemente hablas,
elevas tu voz, sonríes
y luego callas.
Las cosas que tú dices
no tienen importancia
Tus palabras
son débiles, pequeñas...
Sin embargo yo amo tus palabras.
En su fragilidad hay tanto de ti
que en ellas no es necesario
un hondo sentido, para llenarme de gracia
En torno a mi corazón desnudo
se agrupan tus pequeñas palabras
como un corro de mariposas a la lámpara.
(En: Sucesos, Nº1.002, Santiago, 8 de diciembre de 1921, p.47)

Rojas Jiménez vivió una vida sin ataduras, como jugando. Su personalidad cautivaba y para los amigos el poeta era un ángel encantador. Basta con leer los recuerdos de González Vera, la semblanza que irisa la mano de Oreste Plath o la bella elegía que Pablo Neruda le dedica desde Europa. Asimismo, las incontables notas que para cada aniversario de su muerte se publicaban en Santiago y en provincia nos entregan una prueba de la admiración sentida hacia él.

Si bien con el paso de los años los amigos fieles han muerto, él ha trascendido a generaciones que no tuvieron la oportunidad de ser cautivadas por su destreza verbal y capacidad histriónica.

El poeta había nacido con el siglo XX y su magia fue apagada por una inefable lluvia un día 25 de mayo de 1934, cuando apenas tenía treinta y cuatro años. Alberto Rojas Jiménez pisa el umbral del olvido y se burla de él legándonos su voz, su expresión, su misterio. Parece inasible y cercano, nunca borrado por el agua y por la noche, sino que vivo e inmortal, volando sobre la muerte.

miércoles, septiembre 07, 2005

Los 91 años de don Nicanor
Fue en 1914. El hombre imaginario, del discurso imaginario, de la vida imaginaria, el que bajó a los poetas del olimpo para quedarse él ahí mismo, en ese olimpo –pero revisitado ahora-, donde estaban los otros poetas, para mirarlos y reírse inmisericorde de todos los intentos de los que aparecieron después a jugar en el pastizal de la antipoesía.
Inflación
Alza del pan origina nueva alza del pan
Alza de los arriendos
Provoca instantáneamente la duplicación de los cánones
Alza de las prendas de vestir
Origina alza de las prendas de vestir.
Inexorablemente Giramos en un círculo vicioso.
Dentro de la jaula hay alimento.
Poco, pero hay.
Fuera de ella sólo se ven enormes extensiones de libertad.
(Nicanor Parra. Obra Gruesa, Editorial Andrés Bello, 1983. p. 131)
¿Es irónico Parra? Sí, lo es. El mismo guarda para sí su mejor poética siempre, no comparte más que sus versos, pero los ya escritos hace varios años, cuando se dedicaba a escribir antipoesía y no a inventar chistes para arrojarlos al circo de la actualidad.
He ahí a Parra. El gran Nicanor Parra. Enhiesto aún, a pesar de los siglos y la poesía que ha venido después de él, copiando la forma de Parra pero no su estructura profunda, esa que él descubrió y que él convirtió en su poética.
¿Es gracioso Parra? Ciertamente que lo es. Pero es agudo, hiriente a veces, su discurso asemeja una punta de lanza que hiere profundo aquello que llamamos realidad.
Hoy a los 91 años es muy conocido. Sin embargo, aún conservo una entrevista que le hizo el periodista Sergio Prieto, de la Revista Visión, el 7 de noviembre de 1969, año en que fue premio nacional de literatura, a los 55 años. El periodista parte “En los últimos años algunas de las comunas de Santiago se han ido encaramando en la cordillera. En una de esas, llamada La Reina (parcela 272), vive un hombre que hasta hace poco era desconocido para muchos chilenos, salvo en los círculos intelectuales, universitarios o matemáticos: Nicanor Parra, 55 años, el antipoeta por excelencia, nuevo premio nacional de literatura 1969”.
Así es, a pesar de que ya había caminado algún trecho en su carrera poética, no era el poeta conocido de todos. Sin embargo, lo interesante de la entrevista es que consigue sacar del propio Parra datos acerca de su oficio poético, cosa que no he visto en las entrevista que hoy da. Para muestra, veamos lo que dice de sus inicios. De “Cancionero sin nombre” (1937), que es un libro con una influencia por lo menos en forma musical de García Lorca, Parra señala que: “No tenía la menor idea de lo que se esperaba de una poesía. Creí que se aprendía como las matemáticas (…) Además la voz de García Lorca era hipnótica, cuyo ritmo y cuya música me resultaban avasalladores y muy fácil de imitar”.
Ese era Parra, en ese tiempo más conocido en el extranjero que en Chile. El mismo Parra lo dice en la entrevista. “¡Hay cada gaucho en la pampa! A mi propio hijo le preguntaba, en cuarto año de humanidades, acerca de los títulos de mis libros: ¿Cuáles, papá, ese de color café, que está arriba del escritorio”.

Hoy es uno de los poetas vivos más importantes del mundo.

martes, septiembre 06, 2005

Hacia una poética de las noticias
Cada vez me he hecho más asiduo de leer blogs de periodistas que han mutado en bloggeros y bloggeros que son periodistas sin querer serlo, al menos conscientemente, y me he dado cuenta de ciertas construcciones de miradas que crecen al alero de lo real, contándonos el mundo a través de su discurso. Y es muy, muy interesante reconstruir lo real a partir de diferentes miradas que incluso a veces no se rozan en lo más mínimo.
Estamos expuestos a un caudal inmenso de datos e imágenes que nos dan pistas acerca de la realidad y si nos adentramos por los laberintos de lo real, nos encontramos en medio de una objetividad hecha de lenguaje y que en el mejor de los casos es verosímil, una imitación, tal como aquella idea del viejo Aristóteles.

El periodista en este contexto construye un discurso -me refiero a periodista en un amplio sentido, incluyendo a los bloggers-. La verosimilitud del relato es lo que lo legitima como verdadero. La verosimilitud viene a ser la verdad en el relato, aunque sea sólo una posibilidad muy bien construida. En este sentido, verosimilitud implica verdad del mundo posible narrado, pero verdad en tanto es creíble para quien recibe el mensaje.

Pertenecemos a una sociedad y participamos socialmente a través de nuestras distintas relaciones. Interactuamos con otros en diferentes momentos y de diferentes formas y con diversos códigos. Tenemos capacidades sensitivas y percibimos el mundo a través de ellas para verbalizarlo mediante el lenguaje. Nosotros vivimos en algún espacio y en algún tiempo, que es más o menos similar para todos -hablando en términos generales, evitando todas las distinciones de índole social, entre otras-. El lenguaje es el medio para la construcción de la realidad. El lenguaje que basa su esencia en un signo arbitrario y esencialmente creador. Obviamente que el sujeto ve una realidad sin dejar de ser un sujeto particular (idealmente) y se funde en el objeto que presencia y lo ve desde sus categorías personales.

El periodista debe ayudar a las personas a comprender el mundo a través de las noticias. Los bloggers también tienen responsabilidad al respecto.

viernes, septiembre 02, 2005

Mi poética del aire

Cada vez que pienso en las cosas que hecho, siempre llegó a lo que aún no hago. Como una aguja hiriente en mis yemas la poesía se pasea por mis manos y yo le hago el quite. Hay muchos poetas muy buenos y de hecho en este espacio he hablado de algunos y lo voy a seguir haciendo. Además voy a seguir escribiendo yo mismo, para ver si sale algo que valga la pena.

El contenido del blog. Eso es lo que me interesa más que la dedicada y extraordinaria muestra gráfica que he visto en la red, en varios blog muy cuidados, donde se nota la sapiencia formal de sus creadores. Además del gran nivel de contenido que exhiben.

De a poco he ido construyendo este discurso. Animado por la posibilidad de poner en escena asuntos de mi particular interés, pero que pueden llegar a ser intersubjetivos, como la poesía. El blog me da esa posibilidad y quiero aprovecharla como cualquiera de los bloggers que están en la red. En este sentido, la poesía puede encontrar en este espacio un canal de difusión. Aunque comunicar poesía es una labor que puede resultar muy frustrante si uno sólo se queda en la admiración de ciertos monolíticos discursos de nuestros monstruos literarios, sea Neruda, Mistral, Huidobro, Parra o Rojas. Es decir, ellos son extraordinarios, no nos causa ninguna controversia decirlo (a pesar de que aún no puedo masticar más de dos versos de Gabriela Mistral), pero hay más.

Hay blogs interesantísimos, que sorprenden en algunos casos por la juventud de sus creadores. Eso es algo que propicia la blogósfera, hay libertad creativa y democratización del soporte que difunde los discursos. La tarea de hacer que esto tenga sentido, depende de quienes vamos poblando de ideas este camino. Por ahí va mi intención, mi poética del aire tiene que ver con una idea de la poesía fundada en el verbo del origen, del verdadero inicio de las cosas, cuando el verbo flotaba sobre las oscuras cavilaciones de quien estaba creando un nuevo mundo.